miércoles, 25 de marzo de 2020

El peligro de pensar que la lucha contra el coronavirus es una guerra

"Cuando una ya está empezando a tener urticaria por el lenguaje bélico, de los medios de comunicación y del gobierno, de los últimos días, de repente escucha: “Hoy es viernes en el calendario, pero en estos tiempos de guerra o crisis, todos los días son lunes”, ”En esta guerra irregular y rara que nos ha tocado vivir o luchar, todos somos soldados" y otras lindezas que prefiero no volver a escuchar ni reproducir...
Y creo que es momento de decir, de recalcar, que: no, esto no es una guerra.
La guerra está orientada a provocar daños materiales y a otras personas. Significa crueldad, asesinatos, violaciones, impunidad, polarización social, tortura, deshumanización de quien se considera enemigo, utilización del cuerpo femenino como territorio de batalla, huida, desplazamientos tanto internos como externos, los cuales, por cierto, ahora ni aparecen en los medios de comunicación. Las guerras significan muertes, pero no por una enfermedad que no tenemos la capacidad de controlar, significan muertes porque los gobiernos lo han planificado y ejecutado.
Yo no soy soldado, me niego a serlo y solicito que no tratéis a la población civil como militar.
Como ya es sabido, lenguaje y pensamiento van unidos, las metáforas son más que figuras retóricas, nos revelan actitudes y posicionamientos ideológicos que merece la pena examinar desde un punto de vista crítico. El lenguaje que escuchamos y que utilizamos ayuda a reforzar nuestra visión del mundo.
Estamos ante una “emergencia de salud pública internacional” según la Organización Mundial de la Salud, inmersa en una crisis sistémica ecosocial más amplia. En este contexto, la utilización del simbolismo de la guerra no hace sino afianzar la guerra como institución. A pesar de que la manifestación explícita de la guerra se da sólo, afortunadamente, cada cierto tiempo y en lugares diferentes, los elementos centrales que justifican la institución como tal, están vivos y se transmiten de generación en generación. Es muy probable que no sepamos qué hacer ante un incendio o una inundación, pero en el momento en que nuestro grupo entra en guerra, todo encuentra rápidamente su acomodo, todo está preparado en su manifestación física, social, emocional y psíquica. A través de cuentos, juegos infantiles, cine, series, videojuegos, creemos saber qué es la guerra.
La crisis del Covid-19 es tremenda, 257.000 casos confirmados como positivos a la hora de escribir el artículo y 10.000 personas muertas a nivel mundial. En España 20.410 positivos y 1.041 personas fallecidas. Pero conviene recordar las cifras de Siria, que en nueve años de guerra, según el recuento del Observatorio Sirio para los Derechos Humanos acumula ya 384.000 personas muertas, de ellas 116.000 civiles, y da cuenta del desarraigo de la mitad de la población: 5,7 millones de personas refugiadas en el exilio y más de seis millones de desplazadas internas por los combates. Y las de un país como Colombia, que después del acuerdo de Paz entre el Gobierno Nacional y las FARC-EP hasta el 20 de febrero de 2020 suma 817 personas, líderes sociales y defensoras de Derechos Humanos asesinadas, según informes de Indepaz. Personas muertas, asesinadas por otras personas organizadas políticamente. Igualmente parece razonable resaltar que el gobierno español dedica aproximadamente el doble de presupuesto al Ministerio de Defensa (8.500 millones de euros en 2019) que al Ministerio de Sanidad (4.292 millones de euros en 2019).
La guerra, como bien explican Ramón Fernández Durán y Luis González Reyes en el libro de La Espiral de la energía, “es un conflicto armado llevado a cabo de forma colectiva por dos unidades políticas distintas tras una preparación previa”. En ella, un elemento fundamental es el principio de “sustitución social”; es decir, el mal hecho a un individuo del grupo afecta al conjunto del grupo y puede repararse legítimamente mediante un acto de violencia contra cualquier individuo del otro grupo. Como se puede observar en la situación actual, no existen dos unidades políticas distintas ni el principio de sustitución social, existe un virus, al que no deberíamos humanizar para hablar de él, porque evidentemente su funcionamiento no es semejante.
En la guerra, el uso de la violencia está legitimado y alentado socialmente. Estamos hablando de un uso de la violencia contra el “enemigo”, aunque también existe un control social interno fuerte. Se exige a la sociedad que está en guerra que se posicione y que se adapte a la maquinaria social, económica y militar de la guerra. Y quienes no siguen este mandato social, sufren persecución, marginación… nos convertimos en héroes, víctimas y también en traidores. En nuestra situación actual, vemos muchos vídeos, textos, noticias, que critican, en muchos casos con acritud y falta de respeto, a quienes no obedecen a ciegas las medidas impuestas. Los medios nos enseñan imágenes de “personas irracionales” que lo hacen sin motivo alguno, aparentemente sin importarles poner en riesgo nuestra vida, botellones, bares clandestinos, encuentros furtivos...
No se nos presentan a personas con razones con las que podríamos empatizar: familias que van al campo y sin encontrarse a nadie pasean porque ven cómo les está afectando psicológicamente o porque sus casas son muy pequeñas; personas que adquieren comida, combustible de forma no monetarizada (recoger leña o ir a la huerta a recoger verduras o plantarlas no está contemplado en el decreto); a quienes van en bici al trabajo porque les parece más sano que ir en transporte público o privado individualmente, porque tienen menos contactos y contaminan menos; amigas que van a apoyar a otras porque han perdido a un ser querido y no son población de riesgo; familias que se salen de lo normativo (familia nuclear monógama) y necesitan apoyo o quieren estar juntas; personas que salen de sus hogares porque no son seguros, porque tienen adicciones...
Dejarnos llevar por el imaginario de la guerra en un momento como el actual puede desembocar en una polarización social en la que sólo concebimos personas buenas y malas, sin ver ni hacer un esfuerzo por comprender las diversas necesidades en un paquete de medidas en el que hay muchas que no se tienen en cuenta. Pareciera que todas las personas estamos sanas, tenemos casas amplias con espacios abiertos, familias seguras, acceso a la cultura… Dejarnos llevar por la institución de la guerra, puede conllevar justificar el uso de tecnologías invasivas de vigilancia y control social como las implantadas por el gobierno israelí y ceder nuestra privacidad al estado. Ya nos mostraba Noami Klein en La doctrina del shock (2007) que, en momentos de crisis, la gente tiende a centrarse en las emergencias diarias de sobrevivir a esa crisis, sea cual sea, y tiende a confiar demasiado en quienes están en el poder. En muchos casos, estas situaciones de crisis a gran escala son aprovechadas para impulsar normas, políticas económicas que profundizan la desigualdad, enriquecen a las élites y hunden aún más a las personas más precarias. Y esto puede ser muy difícil cambiarlo una vez pasada dicha situación.
Por eso no nos cansemos de repetirlo: no, no estamos en guerra. Ninguna guerra defiende la paz".
Lic. en Antropología Social y Cultural
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