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jueves, 9 de enero de 2020

"Trump no ganó por Cambridge Analytica, sino por Facebook. Y lo va a volver a hacer"

El 30 de diciembre, Andrew Bosworth, un alto ejecutivo de Facebook desde hace mucho tiempo y
confidente de Mark Zuckerberg, escribió un largo memo sobre la compañía -en su red interna-, que se filtró -o hizo filtrar- al diario The New York Times.
En la publicación, titulada "Pensamientos para 2020", Bosworth, que supervisó el área de Publicidad de Facebook durante las elecciones estadounidenses de 2016 y ahora está a cargo de la división de Realidad Virtual y Aumentada de la empresa, admitió que el uso inteligente del presidente Donald Trump de las herramientas publicitarias de Facebook "muy bien pueden conducir a" su reelección en noviembre. Pero mantuvo que la empresa no debe cambiar sus políticas sobre publicidad política, diciendo que hacerlo para evitar una victoria de Trump sería un mal uso de su poder.
Bosworth, además, afirmó que la consultora británica Cambridge Analytica no tuvo ninguna importancia en el triunfo de Trump en 2016: sus anuncios no funcionaban, su impacto fue ridículo, vendían "crecepelo" y eran "basura", en la opinión del especialista.
La idea central del planteo del amigo del criticado Zuckerberg es que Trump quizás sí ganó gracias a Facebook pero por una razón mucho menos conspirativa: "Hizo la mejor campaña de publicidad que nunca he visto en un anunciante". Por lo tanto, el multimillonario puede volver a ganar por Facebook, no por los rusos ni por otras locas conspiraciones. Porque usa mejor Facebook como plataforma publicitaria.
Bosworth identificó los cuatro elementos del cocktail perfecto: no cree en el efecto burbuja pero sí en la polarización. Su teoría: leer opiniones de nuestros adversarios nos hace más de nuestro equipo, no menos. Ese es el gran drama de las redes sociales. Y lo compara con el azúcar: "Consúmelo con moderación". El gran problema es que el azúcar es un problema para cada individuo. Pero la polarización es un problema social.
Finalmente, le propuso a la compañía de su amigo Zuckerberg -que pierde usuarios de a miles, especialmente en Estados Unidos, y además enfrenta procesos judiciales en varios puntos del planeta- que instrumentalice más transparencia a sus algoritmos para ver el efecto de la polarización.
Bosworth, quien es visto por algunos dentro de Facebook como un vocero de Zuckerberg, también intervino en una variedad de problemas que han complicado a Facebook durante los últimos años, incluida el escándalo por la filtración de datos de sus usuarios y la difusión masiva de fake news, la supuesta interferencia rusa en las elecciones de 2016, y el debate sobre la polarización social que producen las redes como Facebook.
Enterado de la "filtración" y sus repercusiones mediáticas, Bosworth aclaró en su cuenta de Twitter -mediante un link a su cuenta en Facebook- que "aceptamos la responsabilidad que tenemos de supervisar nuestra plataforma".
De cara a las elecciones de Estados Unidos, Facebook anunció -este lunes- que prohibirá los videos ultrafalsos -o "deepfake"- pero seguirá permitiendo aquellos de sátira o parodia aunque estén muy editados. También mantendrá su controvertida decisión de permitir que los políticos publiquen información a pesar de que se haya probado su falsedad.
Más:
Aquí, el memo completo de Bosworth

lunes, 25 de noviembre de 2019

La mentira de los "golpes buenos"

"Funcionarios estadounidenses han desarrollado una mala costumbre de respaldar la intromisión militar en la política global; irónicamente, en nombre de la democracia.
Algunos proclamaron la renuncia del presidente de Bolivia, Evo Morales, después de casi 14 años en el poder, como una victoria para la democracia. Aunque su régimen siguió siendo popular, los esfuerzos cada vez más descarados de Morales para cumplir un cuarto mandato en el cargo habían provocado protestas violentas. Aunque Morales inicialmente parecía decidido a aferrarse al poder, el punto de inflexión parece haber sido la deserción de las fuerzas militares y de seguridad de Bolivia. El domingo 10, el comandante de las fuerzas armadas lo presionó públicamente para que renunciara.
Si bien existe cierto debate sobre si los acontecimientos en Bolivia constituyen un "golpe" o una "revolución popular", el papel del ejército en la expulsión de Morales tiene muchas de las características de un intento de golpe típico. Los golpes de Estado generalmente se entienden como intentos ilegales y abiertos de derrocar al Ejecutivo. Aquellos que involucran a generales y otros oficiales de alto rango, con frecuencia, se cumplen sin el uso de violencia. En cambio, pueden tomar la forma de presión pública para dimitir.
El presidente estadounidense, Donald Trump, aplaudió al ejército de Bolivia por presionar a Morales. Afirmó que los acontecimientos en ese país llevaron al mundo "un paso más cerca de un Hemisferio Occidental completamente democrático, próspero y libre".
Esta no es la primera vez que los funcionarios estadounidenses insinúan que la intervención militar en la política podría ayudar a los países a introducir un gobierno más democrático. En abril pasado, cuando el líder de la oposición venezolana, Juan Guaidó, pidió a los soldados que se unieran a él para expulsar al presidente Nicolás Maduro del poder, el secretario de Estado Mike Pompeo sugirió que el Golpe propuesto por Guaidó resultaría en "una transición democrática pacífica".
Del mismo modo, en 2013, cuando los líderes militares de Egipto expulsaron del poder a Mohamed Morsi, el primer gobernante elegido democráticamente del país, los funcionarios de la administración de Barack Obama lo describieron como una expresión de la voluntad popular, en lugar de un intento de golpe de Estado. El secretario de Estado, John F. Kerry, afirmó que al derrocar a Morsi, el ejército estaba "restaurando la democracia", en lugar de tomar el poder.
La tentación de respaldar las maniobras políticas internas de los líderes militares contra regímenes hostiles es claramente fuerte para los responsables políticos de los Estados Unidos. Además, en los últimos años, varios observadores han sugerido que los golpes podrían ser la única forma de eliminar del poder a dictadores atrincherados. Los golpes a veces logran reemplazar a los gobernantes represivos por otros más democráticos, y desde el final de la Guerra Fría, estos llamados "buenos golpes", aquellos que son seguidos rápidamente por elecciones competitivas, han aumentado en número. Los ejemplos incluyen los golpes de Estado en Níger en 1991 y Guinea-Bissau en 2003, que precedieron a elecciones libres y justas.
Pero la fe en los militares para restaurar la democracia está fuera de lugar. De hecho, hay poca evidencia de que los golpes de Estado y otras formas de intervención militar den como resultado un gobierno más democrático. A pesar del reciente aumento en el número de "buenos golpes de Estado", a menudo, simplemente, reemplazan a un dictador por otro.
Igual de importante, esas intervenciones militares que son seguidas por elecciones rara vez producen cambios duraderos. En Egipto, por ejemplo, las organizaciones de derechos humanos documentaron arrestos masivos, arbitrarios, la detención de manifestantes y trabajadores de derechos humanos, nuevas restricciones a las organizaciones no gubernamentales y la represión de la oposición política. El mismo optimismo fuera de lugar siguió al golpe de Estado de 2006 en Tailandia.
¿Qué hace que los "buenos golpes" conduzcan a malos resultados? La respuesta básica es que dejar que la interferencia de las élites militares en el proceso político no se controle, en última instancia, socava las normas de control civil de los militares que son un requisito previo para un gobierno estable y democrático. Alienta a los oficiales militares a verse por encima de la ley. Por lo tanto, cuando las élites civiles invitan a los oficiales militares a influir en la política, es difícil lograr que se detengan. El propio Morales aprendió esto por las malas. Cuando la crisis actual comenzó a desarrollarse, apeló directamente a los militares para que lo ayudaran a permanecer en el poder, sólo para ver cómo su peso iba contra sus oponentes.
Además, se trata de una política estadounidense de larga data para reforzar la norma del control civil de los militares en el extranjero, como se refleja en los programas de asistencia de seguridad de los departamentos de Estado y Defensa, que dedican recursos sustanciales a convencer a los militares extranjeros para que acepten ese control. Las desviaciones oportunistas de estos principios por parte de las sucesivas administraciones presidenciales sólo socavan tales compromisos y logran poco en la promoción de la democracia real.
Una respuesta a la crisis en Bolivia consistente con la promoción de un gobierno democrático implicaría condenar simultáneamente tanto el presunto fraude electoral que desencadenó la reciente crisis como la respuesta de los militares a la misma. La tentación de confiar en los militares para controlar a los posibles autoritarios continuará surgiendo en el contexto de protestas masivas. Pero la supervivencia a largo plazo de la norma democrática depende de resistirse a esa tentación".
Profesora del Hamilton College (Nueva York, Estados Unidos)
Autora de "Cómo prevenir golpes de Estado", de pronta publicación
Más:
Verbitsky: ¿Un golpe en Estados Unidos?

jueves, 11 de abril de 2019

Judas Moreno y Assange

"Lenín Moreno es el actual presidente de Ecuador. Entre 2007 y 2013 fue, además, vicepresidente de ese país.
Julian Assange es el fundador de "WikiLeaks", un portal que, bajo la bandera de la libertad de expresión, publicó información que a Estados Unidos le parece confidencial, como las atrocidades cometidas en Irak y en Afganistán.
Para el país del norte, Assange es un "terrorista". Lo ha acusado de traición y de difundir documentos secretos poniendo en riesgo la seguridad. A fuerza de verdad, varias autoridades norteamericanas han postulado públicamente que Julian Assange debía morir, así, sin rodeos. En consonancia con ello, las acusaciones formales que le dirigieron en EE.UU. prevén penas que llegan hasta la ejecución pública.
La trama que derivó en su asilo fue compleja. Frente a todas estas imputaciones, Assange pidió protección en Suecia, pero le fue denegada. En el país nórdico, Julian fue víctima de una operación judicial que lo llevó a ser perseguido por dos graves acusaciones: una de violación y otra de abuso sexual. Algo similar a lo que ocurre en Argentina: un fiscal dice que no ha habido delito, corren al fiscal, el que toma nuevamente el caso anula lo actuado con anterioridad y pide su captura.
Assange partió hacia Londres y golpeó las puertas de varias embajadas, que le rechazaron su pedido de auxilio.
Salvo la sede de la República de Ecuador en aquella ciudad, que le dio asilo. La decisión era previsible: Latinoamérica recorría un período de formación de Patria Grande, un proyecto de integración en armonía con el respeto por los Derechos Humanos y la oposición democrática a la hegemonía de las potencias centrales. Rafael Correa era el presidente y Lenín Moreno era el vicepresidente.
Algunos años más tarde, Lenín Moreno alcanzó la presidencia de Ecuador, en representación de ese mismo partido nacional y popular en el que había acompañado a Correa.
Nada hacía prever que Moreno, antiguo militante de la izquierda revolucionaria y promotor de la puesta en marcha del período más intensamente democrático de la historia de Ecuador, tomara -como presiente- el rumbo político que evidenció, desde el primer día, su gobierno iniciado en 2017. Su actuación destacada en la lucha por los derechos de las personas con discapacidad había merecido reconocimiento internacional. Desde 2013 hasta 2017, Lenín fue parte de programas de inclusión social desarrollados por las Naciones Unidas y la Unesco.
Sin embargo, como un moderno Judas tan sólo impulsado por el afán de poder y de dinero, Moreno viró completamente el timón de su ideología y comenzó a gobernar de forma despótica. A la vez, y porque resulta así de necesario para la implantación del orden neoliberal, suprimió libertades, instaló la censura y multiplicó el accionar represivo de las fuerzas armadas y de seguridad.
En el día de hoy, Lenín Moreno permitió que Interpol ingresara a la Embajada de Ecuador en Londres y se llevara a Julian Assange, en uno de los actos de perjurio más infames, aberrantes y despreciables de toda la historia de América del Sur. Aquel "ven, refúgiate en mí, que nada te pasará" se tradujo, por obra de la ignominia de este traidor abyecto, en la construcción de un coto de caza cerrado que permitió al poder real simplemente tomar al perseguido y llevárselo.
Assange será encarcelado en EE.UU. Será torturado. Se lo obligará a delatar a sus colaboradores. Aun si resistiera los tormentos, hay altas probabilidades de que sea condenado a muerte.
El verdadero "delito" de Julian fue el de haberse expresado, haber puesto a disposición de todo el mundo información que -de otra forma- nunca llegaría a conocimiento de nadie. Ni siquiera vendió o negoció esa información: la "colgó" en un portal de Internet. Pero el neoliberalismo, que es un modelo ideado por perversos, tiene en los patologizados su herramienta más efectiva.
El repulsivo delator Lenín Moreno es uno de esos alcahuetes nublados por el mesianismo y enfermos de codicia inmoral.
Llevado por esa miseria que lo constituye, ha cometido esta imperdonable deslealtad propia de los innobles más despreciables, entregando el cuerpo desnudo de aquel a quien él mismo prometió proteger.
Con esta perfidia, el orden liberal de Latinoamérica suma otra bolsa de desperdicios a su monumental Basurero de la Vergüenza, y prepara una mancha más de sangre inocente en el envilecido prontuario de infamia y servilismo que ha sabido labrarse a través de la historia".
Fuente

Más:
Assange, Snowden y Manning: el tridente que reveló las mentiras de Estados Unidos

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Armaron un kiosko sólo de fake news

Esquina de calle 42 y Sexta Avenida, en Nueva York, Estados Unidos. Parece un quiosco igual a tantos otros. Pero no lo es. En la vidriera, los lectores no van a encontrar los periódicos y las revistas a los que están acostumbrados, sino otros, con un diseño similar pero con nombres distintos, como The Journal List, New York Paper o The Hour. Los titulares fueron sacados de noticias falsas que circulan en varios sitios. ¿Trágico? Lo sería si no se tratase de una campaña de la revista Columbia Journalism Review precisamente para discutir el peligro de las fake news.
Las noticias son casi todas bombas. "Las estrellas de Hollywood que beben sangre de bebés para crecer", "La presencia de analgésicos en el agua", "Trump declara que Estados Unidos nunca debió haberle dado la independencia a Canadá", ""Compra" de manifestantes contra el presidente norteamericano". Absurdas, pero no desconocidas: todas fueron reproducidas en sitios de fake news e hicieron a muchos creer que eran verdad.
"Nos embarcamos en esta iniciativa para ayudar a las personas a identificar la desinformación", aseveró el editor de Columbia Journalism Review, Kyle Pope. "Por primera vez, estamos llevando historias falsas del espacio digital al espacio físico y colocándolas directamente en manos de personas reales. Esto hace que esas historias sean tangibles, de tal manera que obliguen a la gente a pensar en la fuente de la información", agregó.
La Columbia Journalism Review es una revista estadounidense para periodistas profesionales que ha sido publicada por la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia desde 1961. Su contenido incluye noticias, tendencias de la industria de los medios, análisis, ética profesional e historias detrás de las noticias. Entre sus donantes está George Soros, reconocido magnate y especulador financiero acusado de realizar manipulaciones a través de medios de comunicación para favorecer sus posiciones no sólo políticas.
La revista, en su sitio web, explicó que llevaba a cabo la intervención con el kiosco de noticias falsas en un Estados Unidos surcado por "el envalentonamiento de una turba racista y furiosa, que se comunica en la web y en las redes sociales; la renuencia de una administración política a condenar, de manera firme e inequívoca, algunos de los puntos de vista más viles; y la propagación incontrolada de información errónea y desinformación, que son demasiado masivas para ser controladas adecuadamente y que socavan el trabajo de los reporteros reales en función de los hechos reales".
"Muchos de nosotros no nos damos cuenta de lo absurdo de la información errónea cuando nos desplazamos por Facebook y compartimos noticias con nuestros amigos. Ver noticias falsas transformadas en lo que podría ser una publicación real en un quiosco real nos hace enfrentarnos a la naturaleza de lo que estamos difundiendo", aseguró.
"El hecho de que la mayoría de la gente ahora recibe sus noticias principalmente a través de las redes sociales significa que, con demasiada frecuencia, los consumidores de noticias mezclan las reales con todo lo demás. Nuestro objetivo es mostrar el costo de esa falta de atención, en términos del tipo de información que estamos consumiendo, su efecto sobre el periodismo real, e incluso su potencial para la violencia", describió la revista.
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